El hospital tenía ese olor específico que no se olvida.
Antiséptico, plástico, aire recirculado con una frialdad que no depende de la temperatura sino de algo que no tiene nombre. Jack cruzó las puertas automáticas y se detuvo un momento en el vestíbulo, dejando que el olor lo alcanzara.
Lo conocía.
Sabía exactamente qué se sentía estar en una cama de ese hospital mirando el techo blanco, esperando que alguien entrara por la puerta.
Porque él había estado en una cama como esa. Y no había nadie esperando que despertara.
Fue hasta el mostrador de recepción.
—Vine por el paciente De Chill —dijo.
La enfermera lo miró con una expresión brevemente desconcertada. Luego tecleó algo en el ordenador.
—Habitación 214. Segunda planta.
El pasillo olía igual. Las luces parpadeaban con esa frecuencia casi imperceptible que solo se nota cuando uno lleva demasiado tiempo mirándolas. Jack subió las escaleras en vez del ascensor. Necesitaba los segundos adicionales.
Se detuvo ante la puerta de la 214.
Respiró.
Entró.
La cama estaba junto a la ventana. El hombre que había en ella era joven, delgado, con una palidez de semanas bajo la luz del sol. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, con esa expresión de quien lleva horas intentando procesar algo demasiado grande para entrar de una vez.
Cuando Jack entró, los ojos se movieron hacia él.
Silencio.
Largo. Tenso. Cargado de algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.
Porque lo que había en esa cama era Jack De Chill. El original. El que había cruzado la calle con auriculares y lluvia y el estómago vacío. El que había sido golpeado por un camión de reparto y había caído en un coma del que nadie esperaba que saliera.
Y el que estaba de pie junto a la puerta también era Jack De Chill. El que había despertado en el cuerpo del hijo de Ken Block, el que había corrido y ganado y vivido meses en una vida que no era la suya.
Ninguno habló durante un tiempo que a Jack le pareció demasiado largo y al mismo tiempo insuficiente.
Fue el de la cama quien rompió el silencio.
—¿Eres real? —preguntó. La voz era ronca de semanas sin usar, pero la pregunta era directa.
—Sí —dijo Jack.
—¿Quién eres?
Jack miró sus propias manos. Las manos del hijo de Ken Block.
—Eso es complicado de explicar.
El hombre de la cama lo miró fijo durante varios segundos. Luego algo en su expresión cambió.
—Te conozco —dijo.
—No puedes conocerme.
—Sé quién eres. —Una pausa.— Porque fui tú.
Jack sintió que el suelo se movía ligeramente bajo sus pies, aunque no se movió.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando me atropellaron, fui a algún lugar. Y en ese lugar alguien me dijo que tenía que correr para volver a vivir. Y lo hice. Y aquí estoy. —Los ojos del hombre en la cama eran oscuros y agotados pero completamente lúcidos.— Y tú eres lo que quedó.
Nadie habló por un momento.
—¿Cómo se llama el lugar? —dijo Jack finalmente.
—No tiene nombre. Hay una pista. Hay un volante. Hay velocidad. —El hombre tosió suavemente y luego siguió.— Y cuando cruces la línea de meta te dicen que puedes volver.
Jack se acercó a la silla junto a la cama y se sentó. No porque fuera a estar mucho tiempo. Sino porque de repente las piernas necesitaban un apoyo que no había buscado.
—¿Cómo me ves tú? —preguntó.
—Como alguien que tiene mi cara pero no es yo. —El hombre lo miró sin hostilidad.— ¿Tienes mis memorias?
—Sí.
—¿Y también las de él?
—Sí.
Silencio.
—Entonces somos tres —dijo el hombre de la cama.
Jack no respondió. Pero era la descripción más precisa que había escuchado de lo que era.
La conversación duró otra hora. Sin lágrimas, sin drama, con la economía de palabras que tienen los diálogos entre personas que están procesando algo demasiado extraño para la emoción.
Cuando Jack salió de la habitación, el pasillo estaba igual que antes.
Pero él no.
Había entrado con preguntas. Salía con más preguntas y también con algo que se parecía a una respuesta, aunque no era la clase de respuesta que cierra nada sino la que abre algo nuevo.
En el aparcamiento del hospital, mientras caminaba hacia el coche, el móvil vibró de nuevo.
Este número lo reconoció.
Era el número de un periodista deportivo que había intentado contactarlo tres veces durante el torneo.
Esta vez lo atendió.
—Señor De Chill. Enhorabuena por el campeonato. —La voz era profesional y acelerada, el tono de quien tiene poco tiempo y mucha información.— Necesito confirmar algo que acaba de llegar a mi redacción. —Una pausa breve.— ¿Tiene usted algún comentario sobre las acusaciones de manipulación de resultados en la cuarta ronda del torneo?
Jack se detuvo en medio del aparcamiento.
—¿Qué acusaciones?
—Según dos fuentes anónimas del equipo de Dynas Hamilton, el cronometraje de esa ronda fue alterado a favor suyo. También se menciona un presunto pago irregular a los jueces de la quinta ronda.
El aire del aparcamiento estaba frío y olía a gasolina.
—Eso es falso —dijo Jack.
—Eso es lo que necesito que me diga oficialmente. Pero la historia ya está circulando en algunos foros y en las próximas horas va a saltar a los medios.
Jack miró el cielo sobre el hospital.
—¿Quién es la fuente?
—No puedo decírselo. —Un segundo.— ¿Tiene algún comentario?
Jack colgó.
Se quedó de pie en el aparcamiento durante un minuto largo. Luego llamó a Ken.