El trofeo era más pesado de lo que parecía en las fotos.
Jack lo sostuvo con las dos manos en el vestuario del circuito, solo, después de que los organizadores terminaron con las fotografías y los apretones de manos y los discursos breves que nadie escucha del todo. Lo giró despacio. Su nombre grabado en la base, las siglas del campeonato, el año.
Campeón Internacional de Drift. Primer lugar. Jack De Chill.
Esperaba sentir algo grande. Una euforia que lo llenara entero, la descarga de adrenalina que había conocido en las carreras multiplicada hasta el límite.
En cambio sintió algo más tranquilo.
Algo parecido al final de una frase larga.
Guardó el trofeo en la bolsa, se duchó, y fue a buscar a Ken al paddock. Encontró al Mustang ya cargado en la plataforma. Ken estaba de espaldas, revisando los amarres.
—¿Comemos algo antes de salir? —preguntó Jack.
Ken se giró.
—Hay un sitio a veinte minutos. Cocina decente, sin prensa.
—Perfecto.
Comieron sin hablar demasiado durante los primeros minutos. Era el silencio de dos personas que han compartido algo intenso y necesitan tiempo para que se asiente. Ken pidió café solo. Jack pidió lo mismo.
—¿Qué piensas hacer ahora? —dijo Ken finalmente.
Jack miró el café.
—Descansar. Pensar.
—¿Y después?
—No lo sé todavía. —Una pausa.— Quiero algo más real. No sé si eso tiene sentido.
Ken asintió como si lo tuviera.
—¿Cómo de real?
Jack pensó en los últimos meses. En las pistas, en los rivales, en las victorias que de alguna manera habían llegado con una facilidad que no parecía del todo suya. En los recuerdos que no eran suyos pero que habitaban su cuerpo con la misma naturalidad que los propios.
—Lo suficientemente real como para que si pierdo, sea porque perdí yo. No porque alguien antes que yo no supo cómo ganar.
Ken tardó en responder.
—Eso es lo más honesto que te he oído decir.
El viaje de vuelta duró cuatro horas. Jack durmió la mayor parte del trayecto, con el trofeo en la bolsa entre los asientos.
Llegaron al taller pasada la medianoche. Ken apagó el motor y se quedó un momento sin moverse.
—Hay algo que tienes que saber —dijo.
Jack lo miró.
—Esto que tienes, las habilidades, la memoria del cuerpo que llevas contigo… no sé cuánto tiempo va a durar. No sé si hay un límite. Pero sé que no puedes depender de ello para siempre.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque ganaste. Y cuando alguien gana con ayuda que no entiende del todo, el siguiente paso puede ser confundir la ayuda con el talento propio.
Jack bajó del coche. El aire de la noche olía a aceite de motor y a asfalto frío.
—Entonces tengo que volverme suficientemente bueno para no necesitarla.
—Exactamente.
Subió al apartamento con el trofeo bajo el brazo. Lo puso sobre la mesa de la cocina, encendió la luz, y lo miró durante un buen rato.
Luego fue a dormir.
A la mañana siguiente, cuando abrió los ojos, había algo diferente.
La luz que entraba por la ventana era la misma. El apartamento era el mismo. Pero cuando Jack se incorporó en la cama y miró sus manos, tuvo la sensación borrosa pero persistente de que algo había cambiado durante la noche.
No sabía qué.
Se levantó, fue al baño, se miró en el espejo.
El reflejo que lo miraba era el suyo. Pero no exactamente el mismo que había visto el día anterior. Los rasgos eran más definidos. La mandíbula más marcada. Los ojos con una profundidad distinta.
El hijo de Ken Block.
Jack apoyó las manos en el borde del lavabo y respiró despacio.
Llevaba meses con este cuerpo. Con esta cara. Con este perfil que no era el suyo original y que sin embargo había aprendido a reconocer como propio. Pero esa mañana, por primera vez desde el coma, sintió el peso real de lo que eso significaba.
¿Quién era?
¿El chico que había cruzado la calle con auriculares y estómago vacío? ¿El piloto que acababa de ganar un torneo internacional? ¿Alguien en el medio, todavía sin nombre preciso?
Sonó el móvil.
Era un número desconocido. Jack lo ignoró.
Volvió a sonar.
Lo atendió.
—Señor De Chill —dijo una voz al otro lado—. Soy el director del Hospital General. Su nombre aparece en el registro de ingreso de un paciente de hace varios meses. Nos indicaron que es su contacto de emergencia. El paciente ha despertado del coma esta mañana.
Jack no respondió de inmediato.
—¿Qué paciente? —preguntó.
Un silencio breve.
—Un joven. Jack De Chill. —Una pausa.— Dice que ese es su nombre.