El restaurante que eligieron no tenía nada de particular: mesas pequeñas, luz tibia, un menú escrito a mano que cambiaba cada semana. Emily lo conocía de antes; Alex lo apuntó sin preguntar cuándo lo había descubierto.
Se sentaron frente a la ventana. Afuera, la calle tenía ese movimiento tranquilo de los viernes cuando la ciudad todavía no ha decidido si va a ponerse en marcha o quedarse quieta.
—Segunda —repitió Emily, mirando el menú sin leerlo realmente.
—Segunda con margen para haber sido primera si Ethan no hubiera intentado cerrarte el paso.
—Pero no fui primera.
—No. —Alex dejó el menú.— ¿Eso te molesta?
Emily pensó.
—No. Me molesta lo que hizo Ethan. La carrera en sí me parece bien. —Levantó la vista.— Soy médica de vocación, no piloto. Esto fue un experimento.
—¿Y qué te dice el experimento?
—Que me gusta más de lo que esperaba. —Una pausa.— Que hay algo en eso de tener el control de una máquina que va rápido que es difícil de describir sin que suene a cliché.
—Adrenalina.
—Más que eso. Es la concentración. Todo lo demás desaparece. El hospital, los exámenes, las cosas que tengo pendientes. Solo existe el coche y la pista.
Alex la miró durante un segundo más de lo que era estrictamente necesario.
—Sí. Es exactamente así.
Pidieron. Comieron. La conversación se movió sola entre la carrera, la mecánica, la medicina, las ciudades donde cada uno había vivido. Emily tenía esa manera de escuchar que hacía sentir que lo que uno decía importaba, que había alguien al otro lado de la mesa recibiendo la información en vez de simplemente esperando su turno para hablar.
—¿Por qué te matriculaste en este instituto? —preguntó en algún momento, sin que viniera especialmente a cuento pero tampoco sin que fuera una pregunta extraña.— No parece el tipo de sitio donde buscarías quedarte si hubieras tenido opciones.
Alex sostuvo la pregunta un momento.
—Necesitaba un lugar donde nadie me conociera.
Emily asintió lentamente, como si eso explicara algo que ya había intuido.
—¿Lo encontraste?
—Casi.
Ella lo miró.
—¿Casi?
—Hay alguien que me conoce más de lo que debería para llevar tres semanas en el mismo sitio.
Emily sostuvo la mirada un momento. Luego bajó la vista al plato con una expresión que no era exactamente sonrisa pero se le parecía.
—Culpa tuya por saber que el libro de mecánica estaba equivocado.
Alex se rió. Fue una risa breve y genuina que lo sorprendió a él mismo.
Cuando terminaron, caminaron hacia la casa de Emily. Era una noche limpia y la temperatura era de las que permiten caminar sin rumbo sin que el frío te obligue a decidir.
Hablaron de Ethan durante parte del camino. No con rabia sino con esa distancia analítica que tiene hablar de algo cuando ya pasó y uno sabe cómo terminó.
—¿Crees que va a intentar algo de nuevo? —preguntó Emily.
—Probablemente. Los que actúan así rara vez aprenden de una sola derrota.
—¿Qué haremos si lo hace?
Alex pensó.
—Lo que sea necesario. Pero sin bajar al mismo nivel.
Emily asintió. Parecía satisfecha con esa respuesta.
Llegaron a su puerta. Se detuvieron en el umbral con ese segundo específico que tienen las despedidas cuando ninguno de los dos tiene urgencia de que terminen.
—Gracias —dijo Emily.
—¿Por qué?
—Por creer que podía hacerlo antes de que yo lo supiera.
Alex la miró.
—Eso no fue fe ciega. Fue evaluación honesta.
—¿Y si te hubiera salido mal?
—Entonces habría sido una evaluación honesta que se equivocó. —Una pausa.— Pero no me salió mal.
Emily sonrió. Esta vez del todo.
—No. No te salió mal.
Entró. La puerta se cerró.
Alex se quedó un momento en la calle antes de empezar a caminar de vuelta. El barrio estaba tranquilo. Las farolas proyectaban esos círculos de luz que nunca llegan a tocarse.
Pensó en Ethan. Pensó en Max. Pensó en los abogados que todavía estaban construyendo el caso.
Y pensó en que por primera vez en muchas semanas había pasado una noche entera sin pensar en ninguna de esas cosas hasta ahora.
El teléfono vibró al llegar a la esquina.
Un mensaje de Ken: *La investigación del torneo sigue abierta. El nombre de Dynas Hamilton apareció en un registro de transferencias bancarias. Puede ser algo. Llámame mañana.*
Alex leyó el mensaje dos veces.
Luego lo guardó en el bolsillo y siguió caminando.
Al día siguiente todo se complicó.
La noticia llegó por el canal escolar antes de que Alex tuviera tiempo de enterarse por otra vía: Ethan había sufrido un accidente grave la noche anterior. Conducía solo, de vuelta a casa, cuando otro vehículo impactó contra el suyo en una intersección mal señalizada.
El pronóstico era serio. Lo habían trasladado a un centro médico especializado.
Los pasillos del instituto se llenaron de esa atmósfera específica de cuando algo malo le pasa a alguien que era parte del paisaje, aunque no fuera un ser querido de la mayoría.
Emily llegó a clase con una expresión que Alex reconoció: era la cara de la médica, no la de la estudiante. Procesando información, calibrando la emoción.
—¿Cómo estás? —le preguntó Alex al cruzarse en el pasillo.
—Bien. Es… complicado. —Miró hacia algún punto neutro.— No le deseaba esto.
—Lo sé.
—Aunque lo que hizo en la carrera fue un asco.
—También lo sé.
Emily lo miró.
—¿Se puede estar enfadado con alguien y al mismo tiempo desearle que se recupere?
—Sí —respondió Alex sin dudar.— Se llama ser humano.
Emily asintió. Pareció que eso era suficiente por el momento.
Pero no era suficiente para lo que estaba por venir.